El cine de Xavier Dolan

Gonzalo Lira / @gonyz

Xavier Dolan

El caso de Xavier Dolan es, más allá de cualquier polémica o fascinación alrededor de él, simplemente extraordinario. Y es que no es común encontrar una conjunción tan balanceada de talento, juventud y madurez porque, en lo general, se trata de cualidades que no cualquiera posee y que la mayoría de las veces pueden ser hasta contradictorias. Consentido del Festival de Cannes, a sus 25 años, el director, actor y guionista suma una filmografía que, además de constante, regular y prolífica, se caracteriza por una admiración de parte del público (ahí en ascenso) y críticos por igual.

Dolan debutó como niño de comercial y pronto, a los 5 años apenas, participó en la película para televisión Miséricorde y es justo decir que desde entonces su carrera ha sido ininterrumpida. A los 8 años debutó en la pantalla grande con un brevísimo papel en la comedia J’en suis! del también director canadiense Claude Fournier y de ahí vinieron otros tantos largometrajes (La Fortreresse Suspendue y Suzie) y cortometrajes, además de apariciones en series de televisión que eventualmente llevaron a su primer papel importante para un director reconocido.

Fue en el 2008 que el mundo entero conoció el rostro de Dolan (quien hasta entonces se acreditaba como Xavier Dolan-Tadros) gracias a la aclamada Martyrs (Dir. Pascal Laugier), que narra la historia de una mujer en busca de venganza hacia quienes la torturaron y secuestraron  durante su juventud. La película de Laugier fue reconocida en festivales como el de Sitges, en Cataluña, y conquistó dos Chainsaw Awards de la prestigiosa revista de culto Fangoria. Pero fue en 2009 que el joven canadiense sorprendió cuando, a la edad de 20 años, ganó el premio C.I.C.A.E. en el festival de Cannes, en donde también tuvo otras tres nominaciones, siendo la Cámara de Oro a mejor ópera prima una de ellas.

Yo maté a mi madre (J’ai tué ma mère) no sólo marcó la llegada de Dolan frente a la cámara, sino que lo posicionó como uno de los directores más jóvenes en participar en el prestigioso festival de cine francés, al mismo tiempo que lo llevó a recoger premios y ovaciones en más de 22 festivales y premiaciones alrededor del orbe. El éxito y la fascinación por la historia semi autobiográfica de un joven homosexual y sus problemas con su madre pronto dirigió los reflectores de la crítica y los cinéfilos hacia la intrigante figura del nuevo enfant terrible del cine canadiense.

Pero Dolan no estaba dispuesto a quedar satisfecho con ser “llamarada de petate y para 2010 entregó el que, para muchos, es su trabajo más representativo a la fecha. Los amantes imaginarios (Les amours imaginaires) regresó al joven director a la croissette para sorpresa de muchos y marcando lo que se convertiría después en casi una regla inquebrantable, de donde regresó con el premio de la juventud y habiendo participado en la siempre interesante y propositiva sección de Una Cierta Mirada, refugio del cine más independiente y experimental que alberga el festival de Cannes.

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Si bien Yo maté a mi madre estableció a Dolan como un director joven y arriesgado, fue precisamente Los amantes imaginarios la que dejó claro que en Dolan yace un talento que va más allá de su siempre fresca inventiva visual o lo complejo de los temas que aborda. La aparentemente sencilla historia de un triángulo amoroso entre tres jóvenes amigos (siendo Xavier Dolan uno de ellos) no sólo era una maravilla visual, sino que mostró lo que se convirtieron en temáticas constante; el abandono de los padres, la identidad sexual, las relaciones intergeneracionales y una fascinación por personajes cuya dificultad primordial es la adaptación social pronto se convirtieron en estandartes de su filmografía.

Ahí se encuentra uno de los principales atractivos de su carrera pues, tratándose de alguien con una preferencia abiertamente homosexual, Xavier Dolan es sin duda una de las figuras más importantes hoy en día del movimiento LGBTTTIQ desde la trinchera del cine. Perteneciente a una generación donde los tabús alrededor de la sexualidad son (muy lentamente) cada vez menores, la naturalidad y ausencia de morbo con la que Dolan explora estos delicados temas es también un testimonio de generaciones venideras con esperanza de encontrar en la pantalla grande comprensión y una identificación que, más que necesaria, es urgente.

Para 2011, la figura de Xavier Dolan ya era sinónimo de calidad y expectativa, además de que el canadiense, en su faceta como actor, también aprovechó el impulso para debutar en el cine hollywoodense con la película de misterio Good Neighbours, en donde puso a prueba su talento con actores más populares y reconocidos como Jay Baruchel (Million Dollar Baby, This is the end), ambos dirigidos por Jacob Tierney, otro joven director canadiense independiente. Y entonces llegó Laurence Anyways.

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La relación de diez años entre una pareja heterosexual parecía un terreno poco explorado y alejado de la temática recurrente en el cine de Dolan pero, como siempre ocurre con su trabajo, se trataba sólo de una fachada para retomar los temas que siempre han sido de su interés. Conocemos a Laurence (Melvil Poupaud) cuando empieza su idílica relación con la guapísima Fred (Suzanne Clément, una favorita de Dolan). Lo que parece una común historia de amor entre un hombre y una mujer, con el paso de los años toma un dramático giro cuando él (Laurence) decide que es tiempo de ser libre y  vivir a su manera, aunque esto signifique convencer a su esposa y alumnos de que es normal y aceptable llevar una vida como transgénero MTF (Male To Female, es decir hombre a mujer). De esta forma somos testigos de la cada vez más disfuncional relación entre ambos, quienes deben enfrentar la crítica y mala leche de todo aquel ajeno a la relación, situación que pone en duda su aparentemente incondicional amor.

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Con tres nominaciones y una tercera visita al festival de Cannes, Xavier Dolan regresó con la Queer Palm del certamen, al mismo tiempo que su actriz (Suzanne Clément) se alzó con el premio a mejor actriz de la ya mencionada sección Una Cierta Mirada. El éxito de Dolan no había visto precedente como el que estaba marcando, al mismo tiempo que su fama iba en constante ascenso a sus apenas 23 años. Pero no fue sino hasta el 2013 y con su única película que no pisó el festival francés que Xavier Dolan y su nombre se convirtieron en un fenómeno conocido por las masas. Tan exitosa como fue en México y el resto del mundo, Tom en el granero (Tom à la ferme) es sin duda el trabajo más conocido y también el que convertiría su obra, su imagen y su última película (Mommy – nuestra reseña completa aquí) en algo digno de la expectativa que gira en torno a todo aquello en lo que el canadiense pone su firma.

Este texto se publicó en la edición 4 de la revista Metascopios_

 

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