Quam minimum credula postero

Martín Juárez / @mmmartin26

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A Romelia G. y a Alfonso Pontigo.

“Are you still turning

for going away

just not to be way out

and around here no more?” Edwin Honig.

Buscamos al alojamiento del crescendo en el momento atómico (usted es usted, y tú, eres tú). Se leen dos sucesos en particular sin tiempos específicos (un viaje con un amigo, y una visita a un museo):

Usted toma al amor por suerte, por compañía y por divertimento, como un recrudecimiento de las angustias y dudas en el estar. Un día, como cualquier otro, las cosas empiezan a angustiarle. Llama a su amigo vivo y él asiste a usted. Le abraza, le mira y le dice, con la voz más seca que tiene:

“Mis amigos están muertos”.

“¿Cómo dices?” le responde su amigo.

“Sí, están muertos, y parte de mí se fue con ellos”, explica que por eso, su arte es honesto, es claro y es febril como un momento que instiga por ser momento (usted le dice la verdad). “Ellos, muertos, calacas sin fin, están en el mundo de los monstruos, ¿ya ves? Algunos son monstruos de viento, y otros son monstruos de mar”, continúa mientras se sientan en su sillón, y agua para remover la sed.

La sed ocurre cuando no hay agua, cuando deja de haber suficiente agua en el cuerpo, es una reacción de defensa. Piensas que siempre tienes sed mientras bebes el agua y haces como que te sacias; y te engañas, te ciernes sobre una idea. Escuchas una desgracia.

“No hay problema”, dice tu amigo, “vamos al bosque, a las montañas, donde hay silencio”. Su amigo le conoce, sabe que quiere silencio, que quiere frío, y que quiere agua fría que le pegue en la cara en forma de viento y rocío.

Suben al auto. Encienden el estéreo, resopla suavemente.

Después de 10 minutos, la idea de la ciudad se va desvaneciendo con la pendiente de la carretera. Las luces empiezan a flaquearse, mientras la marcha acelerada de la música comienza a apelar al estómago, a la sensación real de que la mentira del arte pudiera cubrir a la mentira de la realidad que se ha creado para poder idealizar y generar un construir, un mundo desde la nada. Se asoma a veces así, según usted, el diablo en su mente.

La pasión del desliz del tiempo, es una poesía engrandecida, la batería que rige sobre el “ars imitum natura”, piensas con una soltura acrecentada, la muerte de la ciudad te hace bien. Comienzas a ver monstruos y colores, te acercas a ellos.

“¿Lo ves? Todo acá arriba fluye más despacio”, dice su amigo mientras la música se explaya y comienzan los juegos.

Crescendo.

En el parabrisas está el camino sin un foco de iluminación pública llevándole hacia la nada. “Las cavilaciones nos gustan, y nos gustan, porque nos hacen libres”, espeta suavemente su amigo empezando un juego sobre un juego.

“Son el recuerdo de que hay muchos ríos”, dice, mientras usted se tranquiliza, “y muchas letras las que se escriben y corren respectivamente”.

“¿No es al revés?” pregunta usted.

“No”, concluye su amigo, presionando el acelerador en una recta conectada a una curva ciega. Empieza la pulsión.

“La soledad/realidad es una pendejada”, dice usted con algo de saña. Su amigo ríe y calla.

“Ya no hay ruido, puedes abrir el vidrio”,  le responde. El aire afuera congela. El aire se lleva al mal artero, congela al diablo ¿entiende usted?

Caminas con Marsalis en el oído por la acera. Vas con Telemann de la mano, y el tiempo se esmera en desaparecer como un camino. “Arte popular” dice el letrero. Entras, miras alebrijes y piensas en el sueño de Linares y en el vómito del silencio (que es la música). Caminas entre monstruos más grandes que tú, ondeando banderas, lenguas y dientes.

Estás curándote. Te imaginas a los olores subyugándote en el sueño. El tiempo es un verdadero infortunio (piensas), quieres saltar por la ventana (porque no confías en el mañana), y el sueño resulta ser una idea parecidísima a la vida (ya no distingue usted correctamente). He aquí la pulsión: la calle se mira atractiva desde arriba, como para besar el concreto con tus sesos. Los monstruos te invitan. Sería una verdadera maldición que la carretera siguiera para siempre, que no acabara el camino con un choque, con la parca en una curva (piensa).

Te inclinas hacia enfrente, “mis amigos, los extraño”. Extrañas al chick flick de la carretera, la alta velocidad de las curvas y el estruendo del post-rock (la vida) en los oídos. Extrañas a Mefistófeles en agonía en tu estómago. Piensas en los monstruos. Te extrañas a ti mismo antes de los muertos, te extrañas en el exceso, en el aire, en el aire frío, en la pendejada de la soledad y te enervas en una persecución necia y abnegada del ensayo, del estudio.

“La vida es el estudio de un artista muy habilidoso; es una colonización del imposible”, dice su amigo mientras están en el auto. La música se conoce en la creación de que tú te percibes creando la música, en la ligereza. Desea(s) morir porque la vida es requisito para poder morir.

Su amigo acelera más el auto.

Los monstruos aceleran tus ganas de morir/vivir.

Todos te recuerdan un poco a tus amigos muertos. Piensas que murieron porque tal vez fue esa suerte o el destino de sus caminos. Los colores no duran por siempre (aunque en los monstruos sí) y cada quien es un color.

Es un ave. ¿Ve? El arte ayuda, tú vuelas sobre la música, el carpe diem le la(n)za un favor, un beso, una seriada necesidad por el vacío materializado en la euforia de una droga. El cielo es muy pequeño, la música se inyecta en tus venas. Te coge, le abruma, se vuelve labio carnoso y te pide que le beses ¿le ves? La música te lleva a trascender a las entrañas briagas (de Mefistófeles) y malditas de vida, los dientes del diablo te mastican, la saliva de Dios te deshace.

Usted es un bolo, una masa que no confía en el mañana, en el infortunio psicótico y déspota de ser tantito, un crescendo sin pico, la diferencia y ruptura de todas las musas. El silencio, el ruido, ya no… son.

Le gustaría ser tan libre como tú. Te gustaría ser su ponzoña, ser el mar al que camina en el calor y con la espalda desnuda. Quisiera(s) ser (su propio) tu sol y las estrellas, ver y pintar de su color. Usted unge espacios, porque eres arquitecto de instantes, banco de fortunas, usted es la sien de la inmediatez; eso (eres) es en ambos puntos: una flor y un verso (un solo color de muchos tonos).

Este texto se publicó en la edición 4 de la revista Metascopios_

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