Miopatía de la captura

Sineàd Marti / @_Macorina

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Podemos abordar el título desde su desgajamiento; estaríamos en la facultad de rozar las raíces etimológicas de la palabra miopatía, y encontrar que desde sus raicillas griegas se trata de una afección de la parte musculosa del corazón. Pero necia y pretenciosamente intento aseverar que en esta ocasión se trata de dolencias que van más allá de lo clínico.

Se trata del acto intencionado de padecer la captura. Y es que el paisaje de los circos, los zoológicos y las estéticas caninas no es tan ajeno a los espectáculos que podemos ser capaces de dar. La miopatía de la captura es un estado de degradación del tejido espiritual que puede hacer que seamos incapaces de ponernos en pie, caminar o volar. La captura de nosotros mismos como un animal silvestre supone ser regresados a nuestro hábitat en condiciones lo más cercanas a las originales; y de a poco el resultado de la manipulación y captura, retrasa o puede evitar nuestra liberación, pudiendo ocasionar la muerte.

Esta dolencia elegida por uno mismo varía entre especies, ya que la habilidad amatoria depende del pasado, el narcisismo, el estatus del pesimismo y la estación del año en la que se encuentre. En ocasiones la miopatía impide la producción de un llanto en cautiverio y sus efectos llevan a la necrosis muscular, disnea, hipotermia crónica, debilidad y rigidez moral; contribuyendo a un posible colapso fatídico en semanas o meses después de la captura.

La artimaña de captura se planea mansa y cínicamente, creada de manera que se atrape, procese y libere a la víctima de manera rápida. Esto implica tener suficiente astucia, experiencia y preparación para reducir el tiempo de manejo. Los capturados no deben de ser sorprendidos y el tiempo en que se les persigue al utilizar trampas debe ser el mínimo.

En caso de ser usted el que ejerza la captura, por favor reduzca el forcejeo, cubriendo los ojos o colocándoles en una caja o jaula oscura. Cuando no puedan evitarse las altas temperaturas, asegúrese que la temperatura de las sábanas estará bien controlada con ventilación. Posteriormente deberá utilizar alguna técnica de marcaje que avise a poco precavidos que la presa es suya; lo más recomendable es anillar a la víctima con la finalidad de conocer y memorizar todos aquellos desplazamientos migratorios del alma. Por otra parte, ser capturado requiere que ofrezcamos con fervor una resistencia vehemente que busque lastimarnos las alas o las orejas. Que nuestro pelaje se arranque o el aliento se acabe. Que ese otro presuma una reputación delictiva que se aprecie en su tono de voz y el número de veces que parpadea por minuto.

La captura es necesaria, como verá usted; ya que debido a ella es cuando parece tangible el calor de la soledad viva. Y es entonces cuando arden los colores y decidimos dar un primer paso al precipicio de nuestros sueños: el otro. La necesidad de la saliva ajena para reconocer el sabor de la nuestra.

A través de ese otro abrimos la puerta a la posibilidad de rendirnos; creyendo que hemos sido salvados de la orfandad, cuando en realidad apenas comienzan a afilarse las lanzas de placeres como la tarde perfecta o el café tibio más hermoso del mundo. De pronto nos crece una cola y perdemos la habilidad de usar verbos; nuestro cuello se alarga para poder posar al cazador de nuestras canciones favoritas.

Nuestro destino siempre ha de ser elegido. La captura viene siendo una manera estética de refutar el azar; mientras lo sorprendente no dejará de ser la facilidad con la que comenzamos a ladrar, a berrear o a comer pasto. Todo en un mutuo acuerdo civilizado y protocolario de legitimidad intachable.

Por otra parte, las cicatrices heredadas del suceso de captura y marcaje pueden o no ser visibles para futuros predadores; pueden incluso no ser percibidas por los capturados. El miocardio presentará una arritmia en su tarareo de martes por la tarde, y la insuficiencia cardiaca hará eco cuando se esté solo en la regadera.

El deseo se compone de una idea y de un afecto. Y poco obligados anhelamos lo que consideramos una muerte más segura que la que implica ir a un más allá desconocido. Se trata de un suicidio que se enviste de amor al otro y añoranza a uno mismo. Somos convalecientes de una patología tan usual e imperceptible que pocas veces nos convertimos en pacientes que intentan la cura.

Que cada quién reciba lo suyo. Que tome con ambas manos lo que quede de sí mismo; no habrá que pensar que uno tiene más ventajas que el otro, en el mejor de los casos ambos decidirán cesar y cerrarán los ojos porque ninguno de los papeles, capturado o captor, llena el vacío.

Se trata de morir adrede.

* Publicado originalmente en METASCOPIOS_ 05

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