Monólogo del suicida

Alejandro Peralta / @LiricoAlejandro

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“Cálame los huesos

con tu rubor de aurora,

destruye las miradas del pasado.

¡Oh! Satanás esperanzador de duelo y hiel,

instaura tu ley en mi alma,

y deja que mi corazón se pierda

en tu vacío.

Hay que desaparecer.”

 

Y aquí estaré yo, esperando que mi sangre se escape de mis manos como gotas de agua perdidas en el mar, y aquí vislumbraré los caminos que nos lleven a la sucia y jodida calma que nos regala el tiempo. Yo vivo en espera de que llegue, de que salga de su escondite y borre esas gotas y esos caminos de mi obligado futuro.

Yo no espero volver a este sueño de monstruos con máscaras de amigos, de alimañas disfrazadas de gente y de oscuros inviernos masacrados con la luz del día.

Haz que mi sangre se detenga, que toda se guarde en el cepo que es mi corazón hasta que explote, y que los rostros cercanos con un bermejo resplandor se llenen de melancolía y terror. Ven esta noche, no aguanto más esta vida y el soliloquio de mi viva voz que se encarna en la monotonía de cada día, de cada noche, de cada palabra.

Y ante la oscuridad; silencio.

¿Quién soy yo para detener mi destino?

Las caricias olvidadas se han de sobreponer a otro tacto, que de igual manera se olvida. Todo lo que he sido y lo que podría llegar a ser, está predestinado ¿Dónde queda mi decisión, mi libertad?

Déjame ser libre y no me dejes caer en la tentación de la vida eterna…

Me encuentro nuevamente en la soledad, no queda nada de mi cuerpo ni de mi alma; la sangre y su tangible encanto me atormenta mientras veo que la noche se convierte en día; la maldición del tiempo y de sus ciclos.

Todo lo que he sido se ha de perder con las manecillas, mi razonamiento es lógico: si no queda nada, para qué vivir y seguir estorbando al mundo. Tengo en mis manos la llave de mi libertad y no tengo la más puta idea de cómo abrir mi cerrojo.

Todo presente tiene su causa, y creo conocer cómo comenzó todo esto, y la idea de irme y ser libre…

Hace días, salía del trabajo, me encaminaba a casa cuando, en el metro, una mujer se acercó a mí, era una joven de unos 21 años con pecho erguido y ojos saltones que denotaban tristeza, sus manos temblaban mientras me decía:

-Cariño, entre tanta gente, tu oscuridad es la que más me llena. Entre noches ausente he estado, intentando iluminar las tinieblas de mi camino. No queda más, querido desconocido, ni el amor ni un beso podrán calmar mi destino.

Después de esto, una vez más, silencio… -¿Cómo puede existir un silencio tan grande entre tanta gente?- me preguntaba mientras esa mujer se perdía entre empujones y gritos al llegar a la estación.

Nuestros caminos se entrecruzaron por alguna razón y estuve toda esa noche pensando en por qué yo, por qué era ahora el dueño de esas palabras. Recuerdo que en aquella luna de marzo me vestí de esperanza, compré una botella de whisky y me dediqué a beber mientras mis manos se crispaban a cada trago que daba. Noches así te cambian, te hacen pensar sobre la existencia y la soledad.

-La soledad es tal vez lo peor, después de la muerte- me venía diciendo desde aquel encuentro casual. Los días me parecían más grises y la soledad se volvía un puñal atravesando lentamente mi corazón. Las lecturas tampoco fueron de gran ayuda, lo que más recuerdo fue una pequeña poesía de un tal Antonio Machado que se soterraba en un cenit invertido y yerto donde se albergaba mi cansado corazón: “Tengo a mis amigos, en mi soledad. Cuando estoy con ellos, qué lejos están”.

¿Dónde quedaron mis amigos, mis amores, mis sueños? Todo por un momento de lucidez maldita que abría mis ojos a la repugnante realidad, realidad de dolor y ausencias.

Y aquí sigo, esperando. La noche comienza a diluir las casas, los autos y a la pobre gente que sigue en la acera, ¡Vaya maldición vivir en un departamento que asemeja tal oscuridad!. Pero he aquí mi bendición, ahora que la oscuridad ha dominado la ciudad, me siento como en casa a cada paso que doy. Esta es la hora de los asesinos, de los amores prohibidos, y de algunos locos como yo.

Ahora, la calma se presenta como la luz de un tabaco que se va consumiendo con el pesado tiempo, que se cuelga en mi espalda intentando que no continúe, que deje todo, que esto no es lo que debería pasar.

Y en mi camino, un farol se enciende a lo lejos; la luz al final del túnel. Camino lento, intentando desviar la mirada de la oscuridad que he dejado atrás, la sangre y mis pensamientos siguen su curso, como si el tiempo perdido se aglomerara en un segundo y mi cuerpo se pudriera de un momento a otro sin darme cuenta.

Llego al farol, el tabaco está a punto de consumirse por completo, y a lo lejos se escucha una voz que se acerca demasiado rápido, entonando lo que sería la última canción que escucharía: “Sentir que es un soplo la vida, que veinte años no es nada, que febril la mirada, errante en las sombras te busca y te nombra…”

Y súbitamente, una mano en mi hombro que me guía, me eleva a lo que es el utópico sueño, lleno de amistades, de rostros iluminados con la efímera luz de la ilusión. Es mi momento, nunca más estaré solo, nunca más volveré a ver las máscaras intransigentes que ennegrecían mi existencia.

Y en un segundo, la inmortalidad y la memoria se pierden, los corazones que me han de recibir ya están preparados, se encuentran todos en una algazara monumental, sus lágrimas arcaicas se han borrado entre los brazos de un Satanás errante que viene por todos aquellos que se hartan de la naturaleza, de lo bello, de todo esto que existe en el subjetivismo. ¿Cuál es la realidad?

Y más allá de los infiernos, de los subsuelos y de la tierra, donde mi lívido cuerpo se quedó en un mundo de máscaras, sólo se veía una luz parpadeante sobre el inerte cuerpo que ya no era el mío, donde lo que eran mis piernas, ahora sobrevuelan los restos de tabaco y alcohol. Creo que siempre quise volar.

Y ahora estoy aquí, valió la pena la espera, dejé atrás mi pasado, mi presente y mi futuro. Sólo dejo un arrepentimiento en tierra; el llanto y la desesperación de mi madre.

He de pedir perdón por todo el daño que haré en su mundo, pero he de alegrarme por haber escapado de los misterios, de las pesadillas y de los amores.

Aquí está todo bien, no necesito nada más.

* Publicado en METASCOPIOS_ 05

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