Goeritz y el espacio público

¿Cómo puede la arquitectura de nuestros días volver más amigable el espacio urbano y establecer un contacto con el espectador?

Susana Cruz

“El arte en general, y naturalmente también la arquitectura, es un reflejo del estado espiritual del hombre en su tiempo…


Espacio Escultórico

El camino a la escuela, las calles para llegar a casa, la ruta hacia el trabajo o el camino al parque una tarde de domingo, todo aquello que nos rodea parece pasar desapercibido. ¿Es acaso que nos hemos vuelto indiferentes, o tal vez somos distraídos? ¿Será que aquello que envuelve nuestro espíritu ha dejado de seducirnos?

Las distracciones no son accidentales, hay ambientes tan sutiles que invitan a ser explorados, como otros que desatan desesperación y miedo. El espacio público es un arma de dos filos, puede replantear las experiencias cotidianas o ser abismo. Tan importante es que ha sido testigo del hombre a través de los tiempos; la quema de brujas bajo leña verde postradas ante el pueblo, pomposos vestidos, sacos y sombreros galantes pavoneándose sobre las calles de piedra en una tarde dominical, gotas de sangre que bajan escalón por escalón de un gran basamento piramidal.

La arquitectura es la amante de todos, la más sutil belleza que conquista un noble corazón o la infame seductora que te arroja al callejón sin salida. El espacio público tiene la facultad de integrar, modificar y unificar las experiencias. Replantear la rutina es lo que enriquece, invita a explorar los sentidos y exacerbar las emociones; en pocas palabras, vivir la arquitectura se trata de sentir aquello que nos rodea.

Lo anterior va de la mano con la propuesta de Mathias Goeritz, un artista que mantenía un diálogo cálido entre la espacialidad y la conciencia del espíritu humano; “México es un país donde todo es posible”, decía. Y es que la riqueza del espacio virgen y monumental, así como la majestuosidad de la arquitectura precolombina fueron grandes inspiraciones para su obra, que incluso hoy en día trascienden como replanteamiento del espacio público para la sociedad contemporánea.

Prueba de su genialidad fue el espacio escultórico más grande del mundo, así como la concepción de 19 esculturas realizadas por arquitectos de diferentes países. La Ruta de la Amistad fue una de las grandes ideas que Goeritz tenía que transmitir; la monumentalidad y experiencia sensible que ofrece la abstracción permiten infinidad de significados e interpretaciones.

Otro de sus proyectos fue el Espacio Escultórico de Ciudad Universitaria, el cual  ofrecía una pluralidad de recorridos que raramente eran explorados en el campo arquitectónico, conducir al usuario por un espacio que invita a ser explorado, descubierto.

Por otra parte, El Eco, es uno de los ejemplos más tangibles de la espacialidad, de un alto grado de abstracción. Postrado en la calle Sullivan, Ciudad de México, fue diseñado como una estructura poética cuya organización sucumbía a los usuarios a reflejar su experiencia espacial en un acto emocional. Su diseño fue basado en el Manifiesto de la Arquitectura Emocional y fue concebido como una escultura penetrable. Este espacio permitió a su creador y a su benefactor la creación de una plataforma multidisciplinaria e integral para las artes, sin precedentes en el contexto del arte mexicano e internacional de los años cincuenta.

Todo en la naturaleza evoluciona, y la arquitectura debe alterarse. Goeritz fue un vanguardista, que trasciende el significado utilitario de la arquitectura elevándolo a la espiritualidad sin perder el carácter de la misma. La visión del uso debe ir de la mano con la experiencia sensible, esa es la idea, es el replanteamiento de la arquitectura que se conocía y que con la misma visión puede replantear el espacio público contemporáneo en nuevos conceptos.

Nodo, hito, borde y senda, no significan nada cuando ese espacio no habla por sí mismo e induce a ser descubierto. El espacio también demanda ser leído, ser interpretado y percibido de infinidad de maneras, de tal suerte que cada persona pueda aferrarse al espacio a su manera.

Form, follows, function. La función es la condena en un juicio, es someter al espacio y esclavizarlo a una misma actividad mientras dure. Es rutina, es muerte. Proyectar espacios públicos es un acto de libertad. Cada ser humano es juez del entorno que lo rodea, sin saber nada de los “ismos” arquitectónicos puede percibir cuando un lugar le resulta agradable o no, así como la preferencia de permanecer en un sitio o huir de él.

Un espacio debe ofrecer la variedad de usos y experiencias que permitan que siempre esté funcionando; darle vida a un espacio, flexibilidad y sensaciones múltiples, la estética y espiritualidad aunadas al uso, elevado a las construcciones.

La arquitectura en cualquiera de sus variantes no debe ser la gran metáfora de la vanidad humana, va más allá de la estética y el caos, debe ser la respuesta a preguntas que van cambiando porque todo en la naturaleza evoluciona.

*Publicado originalmente en METASCOPIOS_ 05

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