Re-evaluar las palabras (Por una arquitectura común)

Alberto Ortega / @albertortega_

Fachada Cedros

 La derrota

Lo que en 1961 podría haberse entendido como un simple acto de provocación, en el que Mathias Goeritz y el grupo de Hartistas se pronunciaron contra la superficialidad, el engaño del arte y el egoísmo arquitectónico –incluyendo con esto las obvias y devastadoras consecuencias que esto tendría en el tejido social–, podría leerse hoy como una profecía; si el arquitecto lograba en ese momento vislumbrar cómo la esencia de las artes comenzaba a desmoronarse dando lugar a absurdos y la anulación de los valores primordiales del sujeto creador; indudablemente hoy, ante el triunfo del sistema neoliberal y todo lo que sus lógicas y mecanismos implican, no debería ser descabellado afirmar y asimilar que hemos perdido, el capital lo devoró todo; esa es la realidad.

La profecía de Goeritz (y de muchos otros) se cumplió; lo promiscuo, lo fácil y lo profano han inundado las artes; ergo nuestras vidas. Los lugares que habitamos y que en relación lógica, nos habitan, se han convertido en la materialización absoluta de las metodologías y lógicas de la realidad capitalista (el nuevo dios); espacios que clasifican y separan, imágenes y situaciones que persuaden (sin mucho espacio para la resistencia) a inscribirse en esta “máquina tecno-socio-económica” que devora vidas para generar riquezas virtuales y efímeras. Estos elementos espaciales inducen al rechazo, a tenernos miedo, agazaparnos y por ende a establecer nuestros lazos de relación mediados por la categorización y la violencia –como cumbre del sistema de competencias–; el uno toma un sentido de mayor relevancia ante el nosotros, y cada día tendemos a perdernos en la noche de la enfermedad y la guerra; enfermos de estar solos, aislados del mundo. Pues como nos perdimos a nosotros mismos, con ello se nos fue la capacidad de creer.

Del hartazgo al odio

Pero asimilar la derrota es necesario para comenzar de nuevo; en su “Breve tratado para atacar la realidad”, Santiago López Petit elabora la posición política del odio (qué escándalo para la tolerancia y las buenas costumbres) y describe cómo, a través una mirada unilateralizadora de la realidad, podemos reconocer que para poder colocarse en la vida hay que odiar lo que en ella sucede y atenta contra nuestra propia vida. El hartazgo que proclamó Goeritz, al pasar el tiempo se ha convertido en desasosiego y desesperanza, cansa al tiempo que erosiona las fibras de la voluntad y deviene depresión e impotencia colectiva ante lo que toda esa ausencia de valor común ha orillado; pero si no odiamos –como escribe el filósofo catalán–, el hartazgo nunca será suficiente para desplegar la vida y encender el camino. Desde el amor hacia la propia vida/espacio, odiemos lo que en el espacio/vida sucede. El odio permite mirar de otro modo y rechazar todo aquello que no debe ser más parte de nuestra realidad (la injusticia espacial, social y económica). Odiemos los estilos (arquitectónicos y de vida) jeraraquizantes, aparentemente homogenizadores y burgueses –Goeritz sigue haciendo eco–, odiemos con todo nuestro amor, lo que de la vida nos ha arrancado y ha puesto ante una deriva de imposibilidad creativa y de relación humana; pero no caigamos en el absurdo de odiar por odiar (¡qué fácil es!), pues precisamente eso nos ha traído a este impasse que habita y desespera en cada estrato territorial de la existencia. Odiemos para -en palabras de López Petit- atravesar la noche del malestar; odiemos para volver a tener fe.

No evitemos reconocerlo; hemos sido engendrados y educados por estos modos de hacer y organizar: la competencia, el individualismo, el egoísmo, la ambición, la astucia malinterpretada como inteligencia (¡cuánto se le ha sobrevalorado!); donde no seguir el impulso de triunfar a toda costa provoca malestar y rechazo (pues nos colocamos en una posición de desafío), y actuar siguiendo estas lógicas sólo hará que nos hundamos en la fragmentación, la desesperanza y el odio hacia nosotros mismos (que no es lo mismo que el odio hacia lo que sucede a todos).

Cuestionando la manera en que miramos la realidad, tenemos la oportunidad y responsabilidad de que, antes de actuar/diseñar/proyectar podamos evaluar y luchar contra aquello que damos por sentado; examinar la realidad en su dureza nos coloca en el horizonte preciso para su lectura, interpretación y posible intervención; sin una asimilación sólida de la realidad, la factibilidad de acción sobre ella, es efervescente. Encontrar la potencia de lo informal, de lo anónimo, de lo invisible; de esas tantas arquitecturas que no logramos ver, porque nuestra mirada se ha acostumbrado a volverlas menores -Goeritz estaba convencido de que la mayor belleza plástica se presentaba con mayor vigor donde menos intervenía el artista, el experto-.

Re-evaluar las palabras

La arquitectura es un lenguaje y como lenguaje tiene el potencial de decir la realidad elaborándola; esta se dice múltiple y constante, por la tanto es maleable. Es fundamental, para la creación de un discurso que se apegue a la realidad de los comunes, leer lo que ya dicen nuestras realidades, la palabra común, estudiar las potencias de aquellas estéticas y políticas de lo que se encuentra al caminar, estudiar los lugares que no han sido alcanzados por formalismos tontos. Encontrar las potencias de los espacios autónomos y en apariencia errantes (ver más allá del error ortográfico/sintáctico).

“Un pensamiento que se quiere a la altura de su tiempo, debe ser necesariamente un pensamiento situado”, escribe López Petit en las palabras previas al tratado; ¿cómo entonces, situar nuestros proyectos e ideas de progreso y radicalización de la disciplina? Las respuestas son múltiples, y no pretendo con esto dar una posibilidad concreta, sino apenas un acercamiento a la fe por el mundo; re leer lo dicho por la colectividad,  lo ya construido en precariedad con esperanza de un buen porvenir, para poder entender qué es lo que el que habita, busca y dispone en sus manera de configurar el mundo, para que juntos, podamos escribir un nuevo discurso, en el que la realización de un deseo, sea la realización de todos los deseos y construir con todo aquello que ha sido desechado. Al mirar de esta manera, podemos acercarnos a un modo ad hoc de generar una arquitectura que pelee por la vida e invierta su condición  represiva, hacia una arquitectura que extienda las capacidades de quien la habite. Sólo es necesario cambiar el orden de las palabras.

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