Arquitectura emocional

Lesli Bautista / @aaazul

Espacio Escultórico

Espacio Escultórico

Las emociones son las reacciones subjetivas al ambiente que van acompañadas de cambios orgánicos, y nos guste o no, estamos rodeados de ellas. Una emoción puede ser tan simple que hasta puede pasar desapercibida, o tan intensa que cambia por completo nuestro entorno. Se ha hablado infinidad de veces sobre la arquitectura emocional conceptualizada por Mathias Goeritz pero aún no hay certeza de lo que significa en su totalidad. Puede ser, quizá, porque él rara vez mencionó todo lo que implicaba dicho manifiesto, pero sin duda es porque el diálogo y el ejercicio aplicado varía constantemente.

La arquitectura emocional no es solamente una idea o un estilo derivado de un manifiesto arquitectónico, sino que tendría que entenderse como una pregunta permanente acerca del modo en que establecemos los espacios donde habitamos y las funciones específicas del ser humano. Es un documento paradójico desde el punto de vista de la vanguardia entendida como un momento de ruptura con las estructuras establecidas y como voluntad de renovación y cambio. Sin embargo, no se puede dejar en el tintero el hecho de que los movimientos artísticos –y vanguardistas– de los que Goeritz viene, comparten el matiz místico que se lee no sólo en éste, sino en todos sus escritos, y que pugna por devolver al hombre su lugar en el mundo.

En una entrevista de 1980 con el escritor guatemalteco Mario Monteforte, Goeritz aclara su posición al respecto: Vanguardia no es ir al frente de los demás, sino separarse de ellos hasta volverse algo en sí, absolutamente nuevo y ejemplar, aunque lejano”.

Poema Plástico

Poema Plástico

En más de una ocasión, Goeritz ha sido calificado de reaccionario por insistir en la urgencia de un arte sagrado, mediador entre dioses y hombre, mensaje y mensajero; de un arte que sea conformador de unidad, a través del cual pueda reconocerse y reconocer un orden superior olvidado. Para Goeritz, el artista de nuestros días, tiene la misión de recuperar el contenido total de la obra; su papel es el de comunicador de una verdad absoluta y por tanto, exterior (a la obra). El contenido está dado de antemano y debe llegar con fuerza al espectador por medio de emociones.

Emoción: del latín emot o, -onis, se define como el impulso que induce la acción; en psicología se define como aquel sentimiento o percepción de los elementos y relaciones de la realidad o imaginación, que físicamente se manifiesta a partir de alguna función fisiológica como reacciones faciales o cambios en el pulso cardíaco.

La arquitectura puede llevarnos a la espiritualidad si es aplicada de la forma correcta; una forma o espacio puede provocarnos un sentimiento de calma, serenidad, paz, tristeza, angustia o miedo. Estamos hablando indudablemente del componente emotivo de la arquitectura.

“El arte en general, y naturalmente también la arquitectura, es un reflejo del estado espiritual del hombre en su tiempo. Pero existe la impresión de que el arquitecto moderno, individualizado e intelectual, esté exagerando a veces, por haber perdido el contacto estrecho con la comunidad, al querer destacar demasiado la parte racional de la arquitectura. El resultado es que el hombre del siglo XX se siente aplastado por tanto “funcionalismo”, por tanta lógica y utilidad dentro de la arquitectura moderna. Busca una salida, pero ni esteticismo exterior comprendido como “formalismo”, ni el regionalismo orgánico, ni aquel confusionismo dogmático se han enfrentado a fondo al problema de que el hombre creador o receptor de nuestro tempo aspire a algo más que a una casa bonita, agradable y adecuada. Pide –o tendrá que pedir un día– de la arquitectura y de sus medios y materiales modernos, una elevación espiritual; simplemente dicho: una emoción, como se la dio en su tiempo la arquitectura de la pirámide, la del templo griego, la de la catedral románica o gótica –o incluso la del palacio barroco–. Sólo recibiendo de la arquitectura emociones verdaderas, el hombre puede volver a considerarla como un arte.”

Pocos cocodrilos locos

Pocos cocodrilos locos

Retomando esta última oración de Goeritz, podemos encontrar uno de los “grandes misterios” de la arquitectura contemporánea; la gran mayoría olvida que la arquitectura es también un arte pero quizá es el papel del arquitecto el que se ha olvidado de crear emociones verdaderas en su obra. Si nuestra materia prima básica es el espacio, no debemos acceder a  “hacerlo confortable”, es necesario también darle un sentido, un reflejo espiritual, una emoción. Un arte apoyado en su totalidad de otras artes es la arquitectura, un arte verdadero –como decía Goeritz– es el que transmite por sí mismo más que sólo un color o una función.

Este manifiesto publicado en 1954, ha sido un parteaguas no sólo en la arquitectura mexicana sino también en la arquitectura latinoamericana. Muchos de los arquitectos posteriores a esta etapa, retomaron en esencia el legado que Mathias Goeritz dejó y es notable el toque emocional de muchas obras, sin embargo se le ha adjudicado también este término arquitectónico a Luis Barragán, quien en conjunto con Reyes Ferreira, hiciera las Torres de Satélite en 1957. El trabajo en conjunto de estos artistas, ha sido una de las obras más icónicas del siglo XX en México, pero sin lugar a dudas el Manifiesto de la Arquitectura Emocional, es y seguirá siendo una fuerte influencia en la arquitectura latinoamericana.

*Publicado originalmente en METASCOPIOS_ 05

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