Pequeño dictador

Karen Reyes / @Karen_ouh

A Ricardo el escritor que no sabía que era escritor.

Selección_061

Foto: Norma López

Tengo todos los clichés de un escritor, los colecciono como gatitos de señora vieja, como fermentados timbres postales, como las  cosas que bautiza el polvo en un bazar. Los tengo casi todos: la máquina de escribir, el sonido de sus teclas, la hoja en blanco, azoteas, ventanas y balcones inspiradores, la obsesión por la buena ortografía, adjetivos, recuerdos,  libretas, cartas añejas, tintas groseras, nostalgia, finales tristes, humanidad y la intermitencia entre humildad y arrogancia, sólo me falta la letra cursiva e interesante, también la locura y vivir en París.

Me he imaginado que muchos están leyendo esto, que me encuentro en la presentación de un libro de mi autoría, sentado ahí con un micrófono  frente a ustedes sin saber si sentiría satisfacción o culpa. Sin duda la literatura puede ofrecer las dos cosas, o escribes mierda o conviertes la mierda en una gran historia que no debías malbaratar por dinero. Imagino muchas cosas, pero no las escribo como las pienso, a veces sí.

Todas las noches antes de dormir me convenzo de que debería contratar un secretario para que viva en mi cabeza, prisionero, tomando el dictado de todo lo que pienso, atado a todos los clichés del buen escritor. Frente a él una ventana rectangular partida en cuatro, con luces fuera de foco de una ciudad que esconde la inspiración y que anima a la fatalidad de no saber qué escribir, ahí también está el sonido de la enferma máquina de escribir que se niega a ser remplazada por una computadora, ahí está: cara a cara con el secretario mental que contrataré, él estará siempre de espaldas a nosotros, sólo se sentará en la silla del escritor en mi representación, mi cara es la única que tienen que recordar. Si miran a la izquierda habrá muchas hojas odiando el piso de madera, habrá frío, un tocadiscos sin viniles y mucha tristeza. El secretario tendrá que ser forzosamente secretario y no secretaria.

He pensado que la literatura, es uno de esos criminales, que no son acusados, como los que están en el poder, corrupta, nos deja robar las  historias que la humanidad regala cada que sobrevive, nos mantiene contentos pensando que nuestras líneas son la justicia y la demanda de los que no la reclaman, pero que nos dan lástima, lástima que tampoco pidieron y que convertimos en admiración, historias que leemos tan literalmente que dan ganas de cambiarle el nombre a literatura por “metaforatura”, tan rata y capataz es la literatura que hasta nos da instrucciones de como leerla, señala y manipula, igual que esos criminales con fortuna.  Arma, disfraz, desahogo, letras más letras, estructura literaria más estructura literaria, palabra más palabra, línea más línea, composición más composición, libro, conclusión, cobardía, visión, crítica, licenciatura y profesión, verso, encanto, palabras rebuscadas, adjetivos perdidos, gerundios, metáfora, alivio, río de aguas turbias, caballos que trotan, paisajes innecesarios, ama y señora literatura. La odio y la amo al mismo tiempo, cliché también: hijo de mi mente trillada.

Anoche pensé, que muchas noches he pensado en tantas historias que quiero escribir, he pensado en obras de teatro para mis amigos, guiones de cine, tener una editorial propia y publicar el libro que mi madre escribió cuando era joven y al que le tengo poca fe. En mis pensamientos también me robo las características de los que amo y de los que admiro para los personajes de las historias, he pensado en viajar por el mundo, en cambiar al mundo, en dibujar en vez de escribir, sería menos mentiroso, he imaginado que me voy para siempre a vivir a una playa, que vendo brochetas de pescado, las como y dejo todo atrás, he concluido también que odio los diálogos en las historias, todos los que llevan un guión antes y que acotan las acciones y los sentimientos de los que enuncian, por eso he pensado en robarme la prosa de Saramago, la amarga y rítmica descripción de Cortázar, la sinceridad de Paz, la metáfora enlutada de Gutiérrez Nájera, la rebeldía censurada de Lorca y su lugar en el club de los arrogantes, también pensé en hurtar entre las líneas de Borges y recortar la estampa de los caballos desbocados de Neruda. Pensaba que alguna noche saquearía a todo el Boom Latinoamericano y lo tomaría como influencia, imaginé tantas cosas, jugaba a soñar despierta o pensaba durmiendo, esperando recordar al siguiente día que tenía que poner en la maleta todas las historia y las cosas que quería hacer, pero la pereza de mis pies calientes metidos en la cama en esas mañanas  frías que congelaban tuberías, me arraigaba a mi cama y a mi vida mediocre.

Ayer pensé en escribir lo que pensé antes de dormir y  dije “mañana sí vas a recordarlo” y le dejé un aviso en la libreta que estará a la derecha del secretario cerebral -que aún no contrato,  no por falta de dinero, sino por falta de candidatos al puesto-. Incluso pensé ayer que tenía que pararme a escribirlo todo, pero recordé que cuando escribo en los cientos de libretas que colecciono por cliché también, apenas empiezo y el resto se borra. Por eso hay que pensar todo y luego volver a pensarlo, pensarlo, pensarlo, pensarlo y recordar exactamente todo lo pensado. En ese momento podemos vaciar la maleta en la hoja y cual receta gourmet dejamos hervir, escurrimos, salteamos en un sartén, agregamos yerbas finas, servimos elegantemente y esperamos a que los comensales literarios juzguen: pagando lo más caro aunque en otro lado encuentren lo mismo por menos, se sientan a la hora del té en los lugares más vintage y juegan a ser dios, decidiendo si el olor, el sabor y el color fue bueno o malo, se sientan por ahí tomando café sin azúcar para ser los más intelectuales, sin saber que la literatura es un niño desobediente que reniega de su dios.

¿Por qué tanta soberbia? No ya de nuestros comensales, por supuesto, ¿por qué tanta soberbia del autor?, ¿por qué los nombres de los capítulos van centrados?, ¿las palabras separadas punto por punto?, ¿por qué sangrías?, ¿por qué paréntesis?, ¿por qué signos de interrogación?, ¿por qué esa historia?

No sé, yo también arrastro toda esa soberbia, incluso les mencioné sobre la intermitencia entre humildad y arrogancia, pues yo cruzo esa delgada línea hacía ambas direcciones cada que me siento a escribir, me paro entre la línea, imaginando que es un trópico que divide dos estados, entonces estoy en dos lugares a la vez,  en ese kilómetro saltan al duelo todos mis demonios, en serio que son rojos y entonces sucede: se conjuga el amor o la debilidad por la humanidad con la ostentosa y fina redacción mentirosa, se golpea la verdad con la metáfora que la censura bellamente, ahí están con sus machetes todos los personajes que quieren linchar en su castillo al autor burgués, el mismo que salió de entre ellos con la ocasión que le brindaba un machete más afilado y con su nombre grabado en el hierro. No sé si puedan ver a esos demonios con crestas coloradas y navajas en las patas que compiten en el derby de la pobreza y la adrenalina de publicar ¿qué se siente ser pobre?, ¿qué se siente ser tan modesto para aceptar que lo que escribes no debería valer ni un centavo?, y que por mencionarlo siquiera, ya estás del lado de la arrogancia, del lado de los que se atreven a crear con las simples ganas de ser nombrados, que al principio eran ganas de cambiar al mundo. ¿Qué mundo puede cambiar la literatura?, si lo que hace es atraparlo y echarlo a andar de forma poética mientras dura el tiempo de lectura.

No se asusten, sólo tengo veintitrés años, tan joven para ser famoso y tan viejo para convertirme en un Best Celler, de hecho son tan literalmente flojos como para terminar de leer tres páginas que alguien con las dos características anteriores pudiera escribir, tampoco se asusten si notan algo o todo lo malo que he dicho sobre la literatura, tal vez podamos por fin leer entre líneas la bondad que ofrecen las letras cuando se engranan para ser palabras, engranes aún más grandes que arman líneas, líneas que construyen la máquina, máquina que puede ser libro, libro que es una cafetera a la que le crecen cual árboles, tazas de café, café  con sabor amargo y negro, pero caliente y antioxidante, fruto maduro, no seco.

Tanto espero y anhelo los momentos en los que puedo escribir largo y tendido, pero basta salir a la tienda para rendirme sin siquiera intentarlo, me distraen las ganas de fotografiar ventanas rosa mexicano y la amargura del sol en un día frito, es más, esto ni siquiera podría llamarse literatura, tal vez le llame olor a pulpa de café o naranja podrida, es a eso a lo que huele cada que leo y releo lo que yo mismo escribí.

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