Zombiecristo

Miguel Olvera | @ElMayOlvera

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Sentado en una silla de madera debajo de la estancia, al recuperar las notas de mi preparación en la catequesis, llegan a cuenta gotas los recuerdos de la primera confesión que debes de realizar si es que quieres cumplir con el compromiso/pretexto de peda familiar conocido como “primera comunión”. A mi lado, mi sobrina se encuentra memorizando los 10 mandamientos. Hoy tiene examen, o así le llama ella a la confesión, y si no le ayudo, probablemente nos toque regaño en casa de mamá. Comparto con usted la experiencia:

A los 10 años lo único que te preocupa es la pelota que no prestan los del 2do B a la hora del recreo; te interesa más completar el álbum Panini en turno que verle los calzones a Rosita cuando sale de su salón en el segundo piso –lo dejo a su consideración–. Sin embargo, en ese pequeño confesionario, donde los ojos de Dios te juzgan, en esa oscuridad, ágilmente comenzabas a inventar un montón de fechorías al padre para salir con rapidez de tan tétrico lugar. Había que pasar por ahí si uno quería el bono de 200 pesos que la abuela guardaba en su monedero para todo hijo de Dios –certificado; con pedigree– que lo reclamara.

El padre, impaciente, ante una cantidad impresionante de niños que a duras penas logran articular una frase con coherencia, pide a todos que saquen un lápiz y una hoja. Dios no evalúa la ortografía, por lo cual no será problema enumerar cada una de las presiones pecaminosas y pensamientos impuros que no te dejan ser un niño pleno.

¡Pero oh sorpresa! Los niños ya no usan lápiz y hoja, querido padre, lo de hoy son las iPads. Sistema Uno. Los chavos ya traen la tecnología en la piel. -Usted entiende- le dice la asistente de la parroquia al ministro mientras en su celular continúa jugando Candy Crush.

Claramente el padre había dejado de hacer esto hace mucho tiempo. Si mal no recuerdo, en mi época mientras uno intentaba recordar todas las mentiras que le dijo a papá para encubrir el misterio de la ventana rota del vecino, detrás de ti se encontraba el monaguillo, cual prefecto, checando que no copiaras al de al lado. Mientras tanto, el padre Genaro, con un discurso arrugado y amarillento sacado del bolsillo, comenzaba a contarnos el milagro de la resurrección. Esa promesa de la vida eterna por la cual muchos se han dejado morir en vida sin razón.

La situación era muy incómoda, pero obviamente no podíamos salirnos del guión. Gloria a ti, señor Jesús. Don Genaro comienza con su tradicional narrativa semilenta, casi dictatorial, que con los años ha perdido fuerza en la débil articulación de sus palabras. No faltaba el niño que escribía en la tableta y de reojo se encontraba viendo vídeos en Youtube o abriendo el Face para reír con el apodo más ingenuo que le habían inventado al pobre viejito que rengaba detrás de ellos sin poder ver lo que estaban escribiendo –sería inútil decir que nuestra asistente de la parroquia está en el whatsapp con el novio–.

En mi mente, solo puedo pensar: Chale.

A los niños de hoy no es fácil cabulearlos. Te dan la vuelta si les hablas del Coco; los Reyes Magos son sólo un pretexto, porque ya saben que si los llevas a Liverpool en diciembre es porque ellos mismos van a escoger sus regalos sin importar que no le limpien sus cacas al perrito que le regaló la tía Conchita en su cumpleaños. Por mi jefecita que yo los he visto buscando vídeos indecorosos en sus celulares Samsung Galaxy III, pero para que me doy golpes en el pecho, si yo a su edad corría con todos los primos al cuarto del Tío Panchito para ver sus revistas vintage de muchachas en paños menores.

-¡Tan si quiera antes lo hacías a escondidas, ahora ya ni eso los chamacos!- escucho a mamá decir en mi mente. Hasta acá traigo delirando los preceptos morales de la señora.

En fin, el padre se daba cuenta como poco a poco perdía a su joven público. Fue paloma por querer ser gavilán. Por lo tanto decidió cambiar la dinámica del discurso.

-¿Alguien conoce la historia de la resurrección?- exclamó con vehemencia.

Silencio sepulcral. Todos volteaban a ver el reloj que marcaba el 5 para la hora.

-¿Así como los zombis de Da Guaquin Ded?- Se escuchó una tímida voz al fondo de la clase.

Inmediatamente todos voltearon su mirada al padre como si por primera vez en la sesión hubiera habido una especie de conexión. Dejen de eso, una mínima señal de interés. Por desgracia no hubo tiempo para más. La campana sonó y todos salieron corriendo. En 40 años ejerciendo su carrera eclesiástica el padre Genaro se llevaba por fin una tarea: ¿Qué es eso de Da Guaquin Ded?

-Los tiempos cambian padre, hay que saber cómo llegarle a los chavos- le dijo la asistente mientras lo apresuraba para cerrar la parroquia.

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